22 may. 2010

Cambio de armario


El verano quería entrar por la ventana pero yo me resistía a guardar las ropas de invierno...

Las botas de borreguillo me tenían mal acostumbrada. Resultaban cómodas incluso de combinar. Las gruesas prendas me permitían salir de casa sin necesidad de pasarme horas observándome frente al espejo. No había querido verme. No me hubiese gustado observarme sumida en aquella extraña sensación.

Resultó un invierno largo. Era fácil seguir prolongándolo.
¿Cuándo llegaría el momento en el que me sintiese preparada para ver la luz del Sol?

Algo así como la inercia me llevó a entrar en el baúl. La vieja habitación se había convertido en un cajón desastre donde mil imágenes se montaban una encima de otra hasta filmar una mala película. Yo ya la había visto. Pero no era de noche y no tenía más tiempo que perder gastando horas en malas calidades, en ficción para no pensar, en comedias románticas que insultan al romanticismo.

Había ido empapelando las paredes con recortes imprecisos y mal situados. No encajaban. Tal vez nunca lo habían hecho del todo. Esa decoración ya no me gustaba. No me identificaba.

Saqué la ropa de verano preparando un cambio de armario. Me solté el pelo. Me sentí cómoda, segura, concisa... me sentí Yo.

Me quité las zapatillas para poder vivir el suelo. Estaba limpio. También fresco. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y me alzó el brazo. Comencé arrancando el borde de una fotografía que formaba parte de la ventana por el paso del tiempo. Me resbaló por la cara la lluvia de la primavera. Seguí levantando imágen a imágen todos los recuerdos. Abril ya había pasado. Tan solo quedaban resquicios del pegamento. Me ocuparía de quitarlos cuando llegara el momento.

Subí la persiana que tanto tiempo llevaba bajada y según entraba el Sol algo se escapó. Abrí de par en par la ventana. La lluvia se secó. El aire por fin entró... y la ropa del armario, por estas fechas, finalmente mudó.